La verdadera justicia consiste en pagar sólo una vez por cada error. El ser humano paga miles de veces por el mismo error. Cometemos una equivocación, nos juzgamos a nosotros mismos, nos declaramos culpables y nos castigamos. Pero cada vez que lo recordamos, nos juzgamos de nuevo, volvemos a considerarnos culpables y nos volvemos a castigar una y otra vez, y otra, y otra más.
Nos castigamos a nosotros mismos sin cesar por no ser como creemos que deberíamos ser. Nadie, en toda tu vida, te ha maltratado más que tú mismo.
Hay cuatro acuerdos muy poderosos que nos ayudarán a romper aquellos otros que surgen del miedo y agotan nuestra energía.
PRIMER ACUERDO
“SÉ IMPECABLE CON TUS PALABRAS”
Un pecado es cualquier cosa que haces y que va contra ti. Todo lo que sientas, creas o digas que vaya contra ti es un pecado.
Las palabras son la herramienta más poderosa que tienes como ser humano. El uso erróneo de las palabras crea un infierno en vida. La impecabilidad de las palabras engendra belleza, amor y el cielo en la tierra.
Hace años, en Alemania, mediante el uso de las palabras, un hombre manipuló a un país entero. Activó el miedo de la gente y el mundo estalló en guerra. Las palabras de Hitler se basaban en creencias y acuerdos generados por el miedo, y consiguieron una destrucción masiva.
La acción provoca una reacción semejante: si te amo, tú me amarás. Si te insulto, me insultarás. Si siento gratitud por ti, tú la sentirás por mí. Si soy egoísta contigo, tú lo serán conmigo.
Por lo general, empleamos las palabras para propagar nuestro veneno personal: para expresar rabia, celos, envidia y odio.
Las palabras son la magia que poseemos los seres humanos y su uso equivocado es magia negra, la cual utilizamos constantemente sin tener la menor idea de ello.
Por ejemplo: Había una vez una mujer inteligente y de gran corazón. Tenía una hija a la que adoraba. Una noche llegó a casa muy cansada y con un terrible dolor de cabeza. Quería paz y tranquilidad, pero su hija saltaba y cantaba alegremente. No era consciente de cómo se sentía su madre. Saltaba y cantaba cada vez más fuerte expresando su alegría y amor. La madre perdió el control y le dijo: “¡Cállate! Tienes una voz horrible. ¿Es que no puedes estar callada?”
La hija creyó lo que le dijo su madre y llegó a un acuerdo con ella misma: ya no cantó más porque creía que su voz era horrible y que molestaría a cualquier persona que la oyera. Se volvió tímida, creyó que debía reprimir sus emociones para que la aceptasen y la amasen.
La niña creció, y aunque tenía una bonita voz, nunca volvió a cantar. La madre no se dio cuenta de que había utilizado la magia negra y desconocía el poder de sus palabras, por consiguiente no se la puede culpar. Utilizó mal sus palabras.
Los chismes son magia negra de la peor clase. Son puro veneno. De niños escuchamos a los adultos chismorrear, incluso de gente que no conocían. Y aprendimos que esta era la manera normal de comunicarse.
Piensa en las veces que has chismorreado sobre el ser que más amas para conseguir que otras personas apoyasen tu punto de vista. Tu opinión no es más que tu punto de vista, y no tiene por qué ser necesariamente la verdad. Creamos veneno y lo esparcimos entre otras personas sólo para sentir que nuestro punto de vista es correcto.
Cuando eres impecable con tus palabras, tu mente deja de ser un campo fértil para las palabras que surgen de la magia negra, pero sí lo es para las que surgen del amor, Cuando eres impecable con tus palabras, te sientes bien, eres feliz y estás en paz.
Emplea tus palabras par compartir tu amor. Dite a ti mismo que eres una persona maravillosa, fantástica. Dite cuánto te amas.
La impecabilidad de tus palabras te llevará a la libertad personal, al éxito y a la abundancia; hará que el miedo desaparezca y lo transformará en amor y alegría.
EL SEGUNDO ACUERDO
“No te tomes nada personalmente”
Si te encuentro en la calle y te digo: “¡Eh, eres un estúpido!”, sin conocerte, no me refiero a ti, sino a mí. Si te lo tomas personalmente, tal vez creas que eres un estúpido, porque estás de acuerdo con cualquier cosa que se diga. Es la expresión máxima del egoísmo, porque consideramos que todo gira a nuestro alrededor.
Si alguien te da su opinión y te dice: “¡Oye, estás muy gordo!”, no te lo tomes personalmente, porque la verdad es que se refiere a sus propios sentimientos, creencias y opiniones. Esa persona intentó enviarte su veneno, y si te lo tomas personalmente, lo recoges y se convierte en tuyo.
Te comes toda la basura emocional y la conviertes en tu propia basura. Pero si no te lo tomas personalmente, serás inmune a todo veneno aunque te encuentres en medio del infierno.
Cuando te tomas las cosas personalmente, te sientes ofendido y reaccionas defendiendo tus creencias y creando conflictos. Sientes la necesidad de tener razón y de que los demás estén equivocados. Te esfuerzas en demostrarles que tienes razón dando tus propias opiniones.
Lo que piensas de mi no es importante para mi y no me lo tomo personalmente. No necesito que me acepten.
Pienses lo que pienses, sientas lo que sientas, sé que se trata de tu problema y no del mío.
Es posible que incluso digas: “Lo que me dices me duele”. Pero lo que te duele no es lo que yo te digo, sino las heridas que tienes y que yo he rozado con lo que he dicho. Eres tú mismo quien se hace daño.
Si te enfadas conmigo, sé que eso está relacionado contigo. Yo soy la excusa para que tú te enfades. Y te enfadas porque tienes miedo, porque te enfrentas a tu miedo. Si no tuvieras miedo, no te enfadarías, no me odiarías, no estarías triste ni celoso en modo alguno.
Si vives sin miedo, si amas, no hay lugar para ninguna de esas emociones.
Aunque los demás te mientan, no importa. Te mienten porque tienen miedo. Tienen miedo de que descubras que no son perfectos.
Cuando no tomarte las cosas personalmente se convierta en un hábito firme y sólido, te evitarás muchos disgustos en la vida. Tu rabia, tus celos y tu envidia desaparecerán. Incluso tu tristeza desaparecerá.
El mundo entero puede contar chismes sobre ti, pero si no te los tomas personalmente, serás inmune a ellos. No necesitarás depositar tu confianza en lo que digan o hagan los demás. Bastará con que confíes en ti mismo para elegir con responsabilidad. Sólo eres responsable de ti mismo.
Si mantienes este acuerdo, viajarás por todo el mundo con el corazón abierto por completo y nadie te herirá. Dirás: “Te amo”, sin miedo a que te rechacen o te ridiculicen. Pedirás lo que necesites. Dirás sí o dirás no, sin culparte ni juzgarte.
EL TERCER ACUERDO
No hagas suposiciones
Tendemos a hacer suposiciones sobre todo. El problema es que, al hacerlo, creemos que lo que suponemos es cierto. Hacemos suposiciones sobre lo que los demás hacen o piensan –nos lo tomamos personalmente-, y después, los culpamos y reaccionamos enviando veneno emocional con nuestras palabras. Acabamos haciendo un gran drama de nada.
Toda la tristeza y los dramas que has experimentado tenían sus raíces en las suposiciones que hiciste y en las cosas que te tomaste personalmente.
Por lo general, empezamos a chismorrear a partir de nuestras suposiciones. Como tenemos miedo de pedir una aclaración, hacemos suposiciones, después las defendemos e intentamos que sea el otro el que no tiene razón. Siempre es mejor preguntar que hacer una suposición, porque estas crean sufrimiento.
Hacer suposiciones en nuestras relaciones significa buscarse problemas. A menudo, suponemos que nuestra pareja sabe lo que pensamos y que no es necesario que le digamos lo que queremos. Esto conduce a muchas disputas, dificultades y malentendidos con las personas que supuestamente amamos.
El funcionamiento de la mente humana es muy interesante. Necesitamos justificarlo, explicarlo y comprenderlo todo para sentirnos seguros.
Si los demás nos dicen algo, hacemos suposiciones, y si no nos dicen nada, también las hacemos para satisfacer nuestra necesidad de saber. Lo hacemos porque no tenemos el valor de preguntar.
Suponemos que los demás piensan, sienten, juzgan y maltratan como nosotros lo hacemos. Esta es la mayor suposición que podemos hacer, y es la razón por la cual nos da miedo ser nosotros mismos ante los demás, porque creemos que nos juzgarán, nos convertirán en sus víctimas, nos maltratarán y nos culparán como nosotros mismos hacemos. Incluso antes de que los demás tengan la oportunidad de rechazarnos, nosotros ya nos hemos rechazado a nosotros mismos.
Un hombre al que le faltaba un martillo para clavar un clavo. Antes de ir a casa del vecino a pedírselo, le asalta una duda: “¿Y si no quiere prestármelo”. Enseguida recuerda que el día anterior se cruzó con él y ponía una cara muy seria. “¿Tendrá algo contra mí?”. El hombre empieza a preguntarse qué puede haber hecho él para que su vecino le tenga antipatía y presume que –a diferenta de él- el vecino no le querrá prestar el martillo. Vivamente indignado, el hombre llama a la perta del vecino y, antes de que éste pueda saldarlo, le suelta: “¡Quédese usted con el martillo, so penco!. El arte de amargarse la vida, Paul Watzlawick. Esta exagerada historia ilustra a la perfección cómo muchos de nuestros problemas nacen en la mente, y por lo tanto es en la misma mente donde deben de morir
El amor verdadero es aceptar a los demás tal como son sin tratar de cambiarlos. Si intentamos cambiarlos significa que, en realidad, no nos gustan. Si otras personas piensan que tienes que cambiar, eso significa que, en realidad, no te aman tal como eres.
Todo el mundo tiene derecho a contestar “sí” o “no”, pero tú siempre tendrás derecho a preguntar.
El día que dejes de hacer suposiciones, te comunicarás con habilidad y claridad, libre de veneno emocional. Cuando ya no hagas suposiciones, tus palabras se volverán impecables.
Sólo con que fuésemos capaces de tener una comunicación buena y clara, todos nuestros problemas se resolverían.
Un mago blanco utiliza las palabras para crear, dar, compartir y amar. Si haces un hábito de este acuerdo, transformarás completamente tu vida.
EL CUARTO ACUERDO
Haz siempre lo máximo que puedas
Lo máximo que puedas hacer será distinto cuando estés sano que cuando estés enfermo. Tu rendimiento dependerá de que te sientas de maravilla y feliz o disgustado, enfadado o celoso.
En tus estados de ánimo diarios, lo máximo que podrás hacer cambiará de un momento a otro, de una hora a otra, de un día a otro.
Si intentas esforzarte demasiado para hacer más de lo que puedes, gastarás más energía de la necesaria, y al final tu rendimiento no será suficiente. Por otro lado, si haces menos de lo que puedes hacer, te sometes a ti mismo a frustraciones, juicios, culpas y reproches.
Había una vez un hombre que quería trascender su sufrimiento, de modo que se fue a un templo budista para encontrar a un maestro que le ayudase. Se acercó a él y le dijo: “Maestro, si medito cuatro horas al día, ¿cuánto tiempo tardaré en alcanzar la iluminación?”. El maestro le miró y le respondió: “Si meditas cuatro horas al día, tal vez lo consigas dentro de diez años”.
El hombre, pensando que podía hacer más, le dijo: “Maestro, y si medito ocho horas al día, ¿cuánto tiempo tardaré en alcanzar la iluminación?”.
El maestro le miró y le respondió: “Si meditas ocho horas al día, tal vez lo lograrás dentro de veinte años”.
“Pero ¿por qué tardaré más tiempo si medito más?”, preguntó el hombre.
El maestro contestó: “No estás aquí para sacrificar tu alegría ni tu vida. Estás aquí para vivir, para ser feliz y para amar. Si puedes alcanzar tu máximo nivel en dos horas de meditación, pero utilizas ocho, sólo conseguirás agotarte, apartarte del verdadero sentido de la meditación y no disfrutar de tu vida. Haz lo máximo que puedas, y tal vez aprenderás que independientemente del tiempo que medites, puedes vivir, amar y ser feliz”.
Hacer lo máximo que puedas significa actuar porque amas hacerlo, no porque esperas una recompensa. La mayor parte de las personas hacen exactamente lo contrario: sólo emprenden la acción cuando esperan una recompensa, y no disfrutan de ella.
Si emprendes la acción por el puro placer de hacerlo, sin esperar una recompensa, descubrirás que disfrutas de cada cosa que llevas a cabo. Las recompensas llegarán, pero tú no estarás apegado a ellas. Si nos gusta lo que hacemos, entonces disfrutamos realmente de nuestra vida. Nos divertimos, no nos aburrimos y no nos sentimos frustrados.
La acción consiste en vivir con plenitud. La inacción es nuestra forma de negar la vida, y consiste en sentarse delante del televisor cada día durante años porque te da miedo estar vivo y arriesgarte a expresar lo que eres. Puede que tengas grandes ideas en la cabeza, pero lo que importa es la acción
Cuando te entregas y dejas ir el pasado, te permites estar plenamente vivo en el momento presente. Dejar ir el pasado significa disfrutar del sueño que acontece ahora mismo. No disfrutar de lo que sucede ahora mismo es vivir en el pasado, es vivir sólo a medias. Esto conduce a la autocompasión, el sufrimiento y las lágrimas.
Naciste con el derecho de ser feliz. Naciste con el derecho de amar, de disfrutar y de compartir tu amor. Estás vivo, así que toma tu vida y disfrútala.
Los tres primeros acuerdos sólo funcionarán si haces lo máximo que puedas. No esperes ser siempre impecable con tus palabras. Tus hábitos rutinarios son demasiado fuertes y están firmemente arraigados en tu mente. No esperes no volver nunca más a tomarte las cosas personalmente. No esperes no hacer nunca más ninguna suposición, pero sí puedes hacer lo máximo posible.
De modo que, si te caes, no te juzgues. Levántate y establece el acuerdo de nuevo: “Está bien, rompí el acuerdo de ser impecable con mis palabras. Empezaré otra vez desde el principio. Voy a mantener los Cuatro Acuerdos sólo por hoy. Hoy seré impecable con mis palabras, no me tomaré nada personalmente, no haré suposiciones y haré lo máximo que pueda”.
Si rompes un acuerdo, empieza de nuevo mañana y de nuevo al día siguiente. Al principio será difícil, pero cada día te parecerá más y más fácil hasta que, un día, descubrirás que los Cuatro Acuerdos dirigen tu vida. Te sorprenderá ver cómo se ha transformado tu existencia.
No te inquietes por el futuro; mantén tu atención en el día de hoy y permanece en el momento presente. Hoy es el principio de un nuevo sueño.
Sólo disponemos del momento presente, así que más nos vale buscar la felicidad aquí y ahora. Para regar la semilla de la felicidad no hay mejor lugar que el nos encontramos ni mejor momento que ahora.
La felicidad se consigue cuando lo que dices, piensas y haces están en armonía.
Del libro “Los Cuatro Acuerdos”, del Doctor Miguel Ruiz, resumen Isabel,
http://isapsicologia.blogspot.com/
Del libro “Los Cuatro Acuerdos”, del Doctor Miguel Ruiz, resumen Isabel,
http://isapsicologia.blogspot.com/
¡Sonríe a la vida y la vida te sonreirá a ti!